
El sol caía como plomo sobre mi. El día tardaba en irse, el silencio era, secular, salvo los árboles sacudiéndose. Un plato con frutas y un recuerdo en lo alto de mi conciencia, la poca ropa blanca, hora de siesta, horas de conversaciones espaciadas. Alguien volcó el vino mientras ellos se escondían entre arbustos para decirse las palabras de la espera.
Alguien leía a Rilke y lo disimulaba, no se por que. Bajo el enero creció mi atisbo, lo que afirme luego: el hombre se reconoce en la observación sin pensamiento. Recorrí apacible la hilera de álamos que, mientras se sacudían, me recordaban a un verano en la quinta de Martín. Un primer beso, ahora, en lo alto de mi conciencia, de mi recuerdo. Rodé media vuelta en el pasto crecido y retomé lo afirmado: El hombre se reconoce en la observación sin pensamiento. Le agregue la mayúscula al inicio de la oración, y resolví no apretarla con comillas; estas, tan liberales por ser la voz de algún otro, carecen de bondad e identidad. El sol caía como plomo. El verano recién había comenzado y mis pensamientos altos sobrevolaban regiones ociosas, algo reflexivas, algo imperfectas.
Alguien leía a Rilke y lo disimulaba, no se por que. Bajo el enero creció mi atisbo, lo que afirme luego: el hombre se reconoce en la observación sin pensamiento. Recorrí apacible la hilera de álamos que, mientras se sacudían, me recordaban a un verano en la quinta de Martín. Un primer beso, ahora, en lo alto de mi conciencia, de mi recuerdo. Rodé media vuelta en el pasto crecido y retomé lo afirmado: El hombre se reconoce en la observación sin pensamiento. Le agregue la mayúscula al inicio de la oración, y resolví no apretarla con comillas; estas, tan liberales por ser la voz de algún otro, carecen de bondad e identidad. El sol caía como plomo. El verano recién había comenzado y mis pensamientos altos sobrevolaban regiones ociosas, algo reflexivas, algo imperfectas.